Nuestras Voces.  Aquel verano de 2002 cuando Marcela fue de mochilera a Copacabana, Bolivia, pegó onda con una pareja de artesanos cordobeses que habían estado cosechando cannabis en California, Estados Unidos. Ella tenía 21 años y escuchaba con la boca abierta a estos gurúes gays contar la historia de que fue el primer estado norteamericano en el que se aprobó, en 1996, el consumo de marihuana para uso medicinal. 

A fines de septiembre, que es la época de cosechas, los cultivadores contratan mano de obra externa. Trotamundos, fumones, mochileros, rastas, aventureros y oportunistas de distintas partes del mundo llegan a “el triángulo esmeralda” -región formada por los condados de Humboldt, Mendocino y Trinity- para trabajar durante casi 3 meses en el negocio más rentable de California: el cultivo de marihuana.

Los vinos de renombre mundial de California solían ser el principal cultivo comercial de ese estado, pero ahora han sido superadas por la producción de marihuana que de acuerdo con un informe de 2014 mueve $18 millones de dólares al año.

Marcela quedó fascinada con la idea de vivir la experiencia. Durante meses pensó cómo hacerlo pero entre que terminó la carrera de operadora de radio y tv, sacó la visa, renunció a las escuelas donde daba clases y cortó con su novio visitador médico se le fueron 6 años. Buscó en Facebook y encontró a uno de los cordobeses, que aún andaba dando vueltas por sudamérica. Él no tuvo ningún problema de ponerla en contacto con Nick, encargado de una granja de Arcata, en la costa norte de California.

Le escribió con la traducción en inglés de una amiga de la secundaria y al día siguiente el tipo le decía: “Hello my friend, it’s all right. You can work with us. You must stay here aproximately 25th september. We’ll wait for you. See you soon. Kindly regards. Nick”. En resumidas cuentas estaba todo ok pero Marcela no sabía cuál sería su trabajo, cuánto le pagarían y dónde dormiría.

El cordobés le dijo que no se preocupara, que fuera y que reservara un hostel para las primeras noches, que además le serviría para dar la dirección en migraciones en el aeropuerto de Miami donde tenía una escala y que al día siguiente llamara al tal Nick para ir a hablar con él.

El verde sueño americano

Arcata es una pequeña ciudad universitaria en el extremo norte de la Bahía de Humboldt donde la mayoría de la gente anda con auriculares y en bicicleta. Es conocida por su contracultura hippie, la política progresista y los restaurantes vegetarianos. A esto hay que sumarle las granjas de cultivo de cannabis, los que cultivan en sus casas y los dispensarios en el centro.

-No me fue difícil encontrar la dirección que me había pasado Nick cuando lo llamé para avisarle que ya estaba en Arcata. Era una casa alejada del centro, con un patio y dos invernaderos. ¿Esto es todo, boludo?, pensé. Je, eso era una parte, el resto estaba repartido en otras casas y en un campito de socios-amigos, me explicó. Por suerte sabía hablar un poco de español de tanto tratar con latinos porque mi inglés es básico, aunque mejoró un poco después de California. Ahí me contó cómo eran las reglas. Bah, sus reglas.

Así Marcela se enteró que su trabajo sería recortar los cogollos de las plantas previamente secados, hacerles la “manicura”, separarlos de la rama y empaquetarlos. Todo era sin: sin contrato, sin horarios, sin comida y sin alojamiento. Se cobraba después de un mes de trabajo y la paga -en ese momento- era de 180 dólares por libra (453 gramos) de cogollos secos y la ganancia sería proporcional a las libras alcanzadas.

-La primera semana fue de adaptación, apenas si llegaba a media libra trabajando unas 10 horas por día. Nick exigía prolijidad en los cortes, si estaban mal cortadas, te las devolvía. Las plantas medían como 5 metros y trabajábamos arriba de una escalera. Seríamos unas 15 personas; la mayoría éramos mujeres. Me lo pasé trabajando. Si hasta se me habían hecho unos cayitos entre los dedos. Hacía jornadas de 12/13 horas al palo. Apenas si paraba para comer algo, fumar un pucho. Y le daba y le daba a la tijerita, boludo.

Todo un aprendizaje

La “Chela”, como le dicen sus amigos, se calzaba los guantes quirúrgicos, un barbijo y gafas protectoras a eso de las 10 de la mañana. Ella imaginaba que estaba “cortando pompones” y eso le hacía la tarea más divertida. Con su mano más hábil, la izquierda, tijereteaba y con la derecha hacía girar el cogollo para ir podándolo y meterlo en una bolsita. Ese paquete seleccionado luego se vendía a unos 1000 dólares a los clientes.

-En el trabajo podíamos fumar lo que quisiéramos, pero es obvio que no conviene hacerlo porque perdés tiempo y te colgás. Tampoco te conviene salir a la calle con marihuana porque si te llega a parar la policía, podés tener un problemón. Uno es turista y no tiene registro para consumir cannabis medicinal y menos para trabajar en Estados Unidos. Te puede costar la deportación.

Como todo tiene su revés en 2001 los californianos aprobaron la “Medida G” para limitar el número de plantas que se podían cultivar: únicamente en jardines y sótanos, lejos de la vista de los vecinos.

En Mendocino, Trinity y Humboldt, la ambigüedad de la Proposición 215 y de la Medida G provoca, cada tanto, el arresto de productores de marihuana y la confiscación de sus plantas.

Tener un contacto es lo recomendable para los que aterrizan en California con el objetivo de cosechar. Para los que no lo tienen existe la página www.thcjobs.comen la que se publican ofertas de trabajo. En el primer mes a Marcela le quedaron limpios unos 4000 dólares. Una suma que dando clases en distintas escuelas, como ella hacía, le habría llevado más de 6 meses. Pero no había ganado sólo dinero. También amigos nuevos, experiencias de vida y aprendizajes.

Hay tantas clases de plantas que no me las acuerdo a todas. Pero me quedaron grabadas la Bubble Hash, Jack Herer, Blueberry, White Shark, Blue Diesel y una especial llamada Green Crack. Todas eran de excelente calidad y cada cual tenía su función. Me cambió el panorama que tenía porque acá mis amigos e incluso yo fumábamos como una recreación pero no teníamos ni idea de las buenas propiedades del cannabis.

Allá hay gente que la consume para combatir la migraña, la artritis, el síndrome de estrés postraumático, el síndrome premenstrual, la ansiedad severa, pacientes con cáncer, dolores crónicos y un montón de otras cuestiones donde la marihuana es útil y eficaz.

Marcela trabajó 80 días y le quedó una semana para descansar y viajar por California. No ha vuelto a Estados Unidos desde entonces. Ahora le dedica más tiempo a sus plantas y las comparte con los que más quiere. “Mi vieja tomaba pastillas para dormir desde que yo era chica. Ahora toma una infusión de cannabis. Mi hermano es ansioso por demás y también la toma. A los dos les hace muy bien. Antes no creían y ahora la respetan. Mirá todo lo que gané con esa experiencia en California”, dice Marcela y guiña un ojo.

California: la cosecha de cannabis desde adentro

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