LaDiscusión.  Casi 15 años tuvieron que pasar para que Maritza Burgos pueda ofrecerle cierta estabilidad vital a su veinteañero hijo, Aldo Cid. Desde que el ahora joven cumplió cuatro años de edad, Maritza y su familia tuvieron que enfrentar estoicamente el duro diagnóstico médico que sentenciaba a Aldo a una vida tortuosa y con no pocos sobresaltos en el día a día; epilepsia refractaria.

El término refractario, explica Maritza, significa que es de difícil manejo, incontrolable y recuerda que pese a que la medicación de su hijo se administraba con total rigurosidad, las convulsiones no cesaban y en un día Aldo podía llegar a sufrir hasta seis ataques prolongados e intensos que frecuentemente terminaban en la sala de urgencias del Hospital Clínico Herminda Martín (HCHM).
Hace ya casi dos años, Maritza encontró de casualidad la que ha significado ser una alternativa de vida para su querido hijo; la cannabis.
“Vi un reportaje en la televisión de cómo una niña con epilepsia refractaria en Estados Unidos era tratada con aceite de cannabis y comencé a informarme más sobre el tema hasta que di con Daya en Santiago; ellos me asesoraron técnicamente de cómo cultivar y cosechar la planta. Mi hijo actualmente  es usuario de cannabis medicinal en resina y gracias a este producto hemos logrado controlar las crisis más violentas; ahora los ataques son cortos y reacciona a los 20 segundos, por lo que ya no ha sido necesario volverlo a hospitalizar”, señala.
Maritza Burgos lamenta que la gente, en su desconocimiento, estigmatiza a la planta asociándola solo para efectos recreacionales, cuando la verdad de las cosas, recalca la madre chillaneja, esta es la única salida que tienen muchas familias para entregarle una vida más digna y estable a sus hijos.
Múltiples crisis
Hasta hace dos años Martín Cabrera, quien padece de parálisis cerebral producto de una asfixia al nacer, sufría aproximadamente 30 ataques epilépticos diarios.
Los tradicionales medicamentos anticonvulsionantes no eran capaces de aplacar las constantes crisis que por poco más de una década hizo mella en el cuerpo del ahora adolescente de 13 años.
El delicado estado de Martín obligaba a sus padres a velar su sueño y así evitar que alguno de sus recurrentes ataques provoque un colapso mayor en su frágil salud.
Brenda Castillo (mamá de Martín) tenía claro que, dependiendo de la intensidad de las convulsiones, en cualquier hora del día se vería en la necesidad de llevar a su hijo al hospital; acción que repitió innumerables veces durante once años, hasta que Brenda descubrió las notables propiedades de la cannabis.
La situación fue la misma que en el primer caso. El revelador reportaje televisivo que demostraba cómo una niña dejaba atrás sus crisis epilépticas solo con dosis de aceite de cannabis, convenció a Brenda que la planta no solo sirve para pasar ratos de entretención.
“Estuvimos once años luchando contra la epilepsia refractaria, tomando muchos anticonvulcionantes, probando uno y otro medicamento porque se hacían poco efectivos. Cuando supe lo de las propiedades de la cannabis yo tenía dudas, porque yo era de las mamás que criticaba a la marihuana y la calificaba como una droga, la verdad hablaba muy mal de ella. Ahora si tú me preguntas, te diría que esta es una planta maravillosa que en el siglo XXI recién la estamos conociendo en realidad”, comenta.
Desde hace dos años que Martín viene recibiendo dosis de resina de cannabis y las crisis de epilepsia se han reducido a casi cero;  ahora no solo él puede dormir en las noches tranquilamente, sino que toda la familia puede hacerlo.
“Ya podemos descansar porque antes teníamos que estar pendiente de él y llevarlo al hospital cuando era necesario; la pasábamos muy mal”, comenta.
Asesorías
La Fundación Daya fue el Organismo No Gubernamental (ONG) que brindó el apoyo a Maritza y Brenda cuando ellas llegaron hasta las oficinas de Santiago a conocer el mundo medicinal de la cannabis.
Daya les ofreció a las desesperadas madres asesoría técnica de cómo gestionar, administrar y cosechar los plantones para producir los aceites naturales que deberían darle a sus hijos.
Ha sido tanta la demanda de esta medicina natural, que la Fundación Daya se ha visto sobrepasada por la visita de personas de todo el país que, como Maritza y Brenda, buscan aliviar en algo la salud de sus familiares.
Esto a obligado a la ONG a abrir oficinas de atención en diferentes partes del territorio nacional y Chillán no es la excepción.
El pasado lunes Daya abrió una oficina en la calle Itata, número 733, en donde recibe a personas a las que, tras explicar sus males, podrían llegar a recetarles dosis de cannabis.
El cofundador de la Fundación Daya, Nicolás Dormal, precisa a LA DISCUSIÓN que el servicio que se está realizando en Chillán (al igual que en otras comunas del país), es  entregar capacitación de cómo lograr los insumos medicinales a partir de los plantones, previa una exhaustiva y profesional consulta médica.
“Los médicos que tenemos en la oficina escuchan los casos y analizan cada uno de ellos para ver si es que efectivamente están dentro de aquellos a los que se le puede recetar la cannabis. Si es que las personas cumplen con los requisitos y la recomendación del médico es que debe buscar la medicina natural, entonces se le asesore técnicamente para la producción de aceite de cannabis”, comenta.
Dormal recuerda que esta iniciativa de Daya es propia y no está asociada al convenio que tienen con el municipio de Chillán.
Asimismo aclara que si bien se sugiere el pago de $5.000 por una consulta de una hora, no se deja de atender al paciente si es que no tiene dinero.

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